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Sitio de la Central de Trabajadores de la Argentina - Provincia del Neuquen
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La CTA Neuquén lamenta profundamente la muerte del Compañero Alberto Morlachetti.

Alberto Morlachetti decía que él no descubrió ni el huevo duro ni el agua tibia, porque lo que hacía desde l974, mucho antes de que la problemática de los menores institucionalizados estallara, fue, según él mismo explicaba, aplicar un concepto que rescató del educador brasileño Paulo Freire: “Nuestro compromiso con los niños no es caritativo ni piadoso; es un compromiso amoroso”.

En l974, después de una vida difícil y pobre, agradecido al lugar que le dio Evita a la niñez de su generación, Morlachetti creó La Casa de los Niños, y lo hizo con un crédito que consiguió merced a la hipoteca de su casa. Años más tarde, en l982, todavía en dictadura y advirtiendo la noche que, aunque llegara la democracia, amenazaba a los niños pobres, que fueron más, cada vez más, cada año más, y cada día más pobres todavía, fundó el Hogar Pelota de Trapo, que empezó en una cancha de fútbol donde se filmó aquella película clásica nacional.

Allí, hoy hay niños, niñas y adolescentes que son cuidados y educados con una premisa que Morlachetti desparramó en todas sus obras: esos niños y niñas tienen derecho también a la belleza. No quiere hogares pobres para pobres. Quiere hogares dignos, comida rica, calor en invierno y refresco en verano, quiere subir el piso al que tiene derecho un niño pobre. No basta con llenarle la panza y darle un techo. Tiene que tener trabajo, juego, diversión. Como cualquier otro. Esta idea, más bien simple, no es la que rige en otros hogares de este tipo. “Son como mis hijos, tengo que darles lo que le daría a un hijo”, decía él.

Y lo que cualquier hijo recibe de su padre es básicamente la certeza de una presencia. Ese es el gran descubrimiento de Morlachetti y ésa es acaso la razón por la que los chicos que tienen la suerte de entrar en alguno de los hogares de Pelota de Trapo no desperdician. Hay alguien. En las buenas y en las malas, hay alguien. Si hay un logro, hay alguien. Si hay un fracaso, también. Y ellos devuelven lo que reciben. En esos hogares de Avellaneda en los que hay perfume a tuco y a gajos de naranja, flota en el aire eso que bien podría llamarse amor.

El 1986, Morlachetti creó el Hogar Juan Salvador Gaviota, para chicos con causas penales y chicos abandonados. Esos chicos necesitaban –se dio cuenta él con el tiempo– ocupar sus horas en algo enaltecedor y productivo. Y así y por eso nació poco después la Escuela Talleres Gráficos Manchita, una imprenta en la que, entre otras cosas, se edita el boletín Pelota de Trapo, cuyo objetivo es cambiar el eje de la mirada sobre estos niños: no son el enemigo. Son las víctimas de un sistema que les cierra la puerta en la cara.

Y también nació luego la Panadería Panipan, que abastece a los hogares y al barrio, y donde los chicos mayores trabajan orgullosamente y muestran sus masas, sus facturas, sus galletas, sus alfajores y empiezan a ofrecer servicios de catering. Y también está el Jardín Maternal Pulguitas, para los más chiquitos. Y en Florencio Varela está la granja Azul, un lugar de recreación en el que los chicos también descansan, se ríen, se divierten.

El universo que Alberto Morlachetti creó para esos chicos es amable, acogedor, amoroso. Hay palabra de honor y confianza en el otro. El no descansa. Siempre hay algún nuevo proyecto dando vueltas y siempre es poco todo lo que se hace. Pero en cada eslabón de esta cadena de trabajo que, en resumen, fue la vida misma de Morlachetti, lo que hay es una causa abonada con constancia y convicción. Hay resto para atajar al más débil en un país en el que los débiles han sido siempre maltratados.

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