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Sitio de la Central de Trabajadores de la Argentina - Provincia del Neuquen
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TRES X UNO

La última publicación de la CTA Nacional incluye un reportaje a nuestro amigo Guillermo Saccomanno. En la misma se refiere a tres cartas como "Textos ejemplares". La carta a la Junta militar de Rodolfo Walsh, El Poeta depuesto, de Marechal y la carta de Valle a sus fusiladores. Van a continuación los tres textos.

CARTA ABIERTA DE RODOLFO WALSH A LA JUNTA MILITAR

1. La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años. El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades. El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron. Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese "ser nacional" que ustedes invocan tan a menudo. Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivtas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina. 2. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.1 Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados. De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda un ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras. La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el "submarino", el soplete de las actualizaciones contemporáneas.2 Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido. 3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga. Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras. Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos. Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia,incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de "cuenta-cadáveres" que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam. El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 ó 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.3 Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y Ios partidos de que aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento. Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.4 El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno. 4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.5 Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, "con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles" según su autopsia. Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.6 Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora. En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces dc atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea 7, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre "violencias de distintos signos" ni el árbitro justo entre "dos terrorismos", sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte.8 La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Boliva y Uruguay.9 La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas. Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de "Prensa Libre" Horacio Novillo apuñalado y calcinado, después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales. A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: "La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal".10 5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada. En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisioncs internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13 Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la "racionalización". Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes. Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subtérráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo , el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe. Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar "el país", han sido ustedes más afortutunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia. Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar. 6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: "Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos".14 El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el "festín de los corruptos". Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideologia que amenaza al ser nacional. Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán dcsaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas. Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles. Rodolfo Walsh. - C.I. 2845022 Buenos Aires, 24 de marzo de 1977.

El Poeta Depuesto Leopoldo Marechal

En La Nación del 17 de noviembre de 1963, H. A. Murena, objetando polémicamente al crítico uruguayo Rodríguez Monegal ciertas apreciaciones de su libro Narradores de esta América, dice, refiriéndose a mí: “Marechal constituye un caso remoto por la doble razón de ser argentino y de que, a causa de su militancia peronista, se hallaba excluido de la comunidad intelectual argentina”. Ciertamente, desde 1955 yo venía registrando en mí los efectos de tal “exclusión” operada, según la triste característica de nuestros medios intelectuales, con el recurso poco viril de los silencios y olvidos “prefabricados”.

La declaración de Murena fue, pues, un acto de valentía intelectual y su confirmación de lo que yo había experimentado me llevó a estas dos conclusiones: 1ª, la “barbarie”, real o no, que Sarmiento denunciara en las clases populares de su época se había trasladado paradójicamente a la clase intelectual de hoy, ya que sólo bárbaros (¡oh, bárbaros muy bien vestidos!) podían excluir de su comunidad a un poeta que hasta entonces llamaban Hermano, por el solo delito de haber andado en pos de tres banderas que creyó y cree inalienables; y 2a, desde 1955, no sólo tuvo nuestro país al Gobernante Depuesto, sino también al Médico Depuesto, al Profesor Depuesto, al Militar Depuesto, al Cura Depuesto y (tal es mi caso) al Poeta Depuesto. Cierto es que las “deposiciones” de muchos contrarrevolucionarios de América no van más allá del significado médico fisiológico que también lleva esa palabra. De tal manera, los “muertos civiles” de una contrarrevolución gozan de buena salud (con excepciones muy lloradas, ¡oh noble sombra de Juan José Valle!). Y lo que se logra es excluir de la vida nacional a los hombres y a las ideas que pueden y quieren realizar los destinos posibles de la sufrida Patria; con lo cual esos destinos no abandonan su mera “posibilidad’, y nos quedamos en los “estancamientos” que los políticos sobrevivientes utilizarán luego en sus reiteradas e inútiles elegías.

En esta singladura de mi navegación voy a decirles, pues, a los intelectuales que obraron mi exclusión literaria cómo y por qué fui “justicialista” (y uso esta denominación porque la otra fue igualmente depuesta). No revelaré sus nombres ahora ni denunciaré los vergonzosos recursos de que se valieron, porque sé que la “vergüenza nacional” es la suma exacta de todas las vergüenzas individuales que se dan en un pueblo, y porque no me ha gustado nunca ser un pintor de la ignominia. Por otra parte, al escribir estas páginas, lo hago sin resentimiento ninguno, ya que los diez años de mi proscripción fueron los más dichosos y fértiles de mi vida. Sólo quiero dar mi testimonio de los hechos, a través de una experiencia útil y una desapasionada meditación.

Mi linaje americano se inicia con mi abuelo Leopoldo Marechal, nacido en París y en el seno de la rica y orgullosa clase media de Francia. Siendo un adolescente aún, sus “ideas avanzadas” lo llevaron a militar en La Comunne, fuerza revolucionaria que se instaló en París no bien los prusianos levantaron el sitio de la capital y se produjo la insurrección del 18 de marzo de 1871. Naturalmente, mi abuelo se convirtió en la “oveja negra” de la familia; y cuando a fines del mismo año el gobierno de Thiers asedió a París con sus tropas regulares, La Comunne llegó a su término y sus afiliados debieron enfrentarse con la persecución y el castigo. Mi abuelo decidió exiliarse en la América del Sur, hasta que los acontecimientos franceses evolucionaran en favor de su retorno: se instaló en Carmelo, República Oriental del Uruguay; abrió una herrería y se dedicó al trabajo de los metales y a la lectura de los volúmenes de Economía Social que había traído a su destierro y que muchos años después recogí yo como despojos de aquel naufragio. El comunero de París aguardaba su vuelta, sin sospechar que otras eran las figuras de su destino: en el Carmelo dio con la mujer de su vida; se casó con ella y tuvo una prole numerosa. Murió tempranamente, sin volver a pisar las orillas del Sena. Claro está que no llegué a conocerlo; y a través de mi padre sólo recibí de aquel rebelde los libros mencionados, algunas anécdotas y dos o tres canciones de la douce France. Supe que de sobremesa, discutía violentamente sobre política con sus amigos exiliados como él. Supe que, durante la fiebre amarilla, se dedicó a enterrar a los muertos de peste, sin otro recurso preventivo que el de trotar alrededor de la plaza, entre un entierro y otro, y el de empinar la botella de coñac Martel al fin de cada vuelta. Y supe que dio a sus hijos una educación basada en el concepto de la justicia militante, única herencia que nos dejó a sus descendientes, amén del paso corto y rápido de la infantería francesa.

Con la muerte de mi abuelo, una dispersión extraña se dio en la familia. Mi padre, Alberto Marechal, se trasladó a Buenos Aires en busca de nuevos horizontes: traía una vocación ferviente por la mecánica y las técnicas de fundición, torno, soldaduras y ajustes que requiere un oficio tan ingenioso. Además traía su guitarra y su violín, que convirtieron su alegre soltería de Buenos Aires en una fiesta de serenatas, bailes y torneos orfeónicos en los que se le llamaba “el oriental” y que concluyeron llevándolo al matrimonio según la infalible y honesta costumbre de aquel tiempo. Se casó con mi madre, Lorenza Beloqui Mendlluce, de origen vasco español y de santidad crística. Fui el primer vástago de aquel matrimonio, y de mi niñez guardo sólo recuerdos felices. Mi padre, como trabajador especializado, cubría holgadamente las necesidades económicas de la casa; de igual modo su pericia en objetos mecánicos le ganaba el amor de la vecindad (nos habíamos instalado en Villa Crespo), ya que, sin remuneración alguna, componía los relojes, las máquinas de coser y otros artefactos de los vecinos. Lo que le sucedía en el fondo era que toda maquinaria nueva se le presentaba como un desafío a su ingenio, y toda maquinaria enferma como una solicitud a su arte de curar los humildes robots de comienzo de siglo. Fue gracias a su habilidad que, pese a nuestra digna pobreza, tuve los juguetes más insólitos, los manomóviles más rápidos, los más certeros fusiles de aire comprimido, los patines más voladores, obra de sus manos inquietas y de su invención que no dormía. Por otra parte, su afición a las técnicas introdujo en el hogar la primera cámara fotográfica, con su laboratorio de revelación, el primer fonógrafo (a cilindros) que conoció el barrio y las primeras instalaciones eléctricas que sucedieron al gas o a la luz de carburo. Cuando el primer aviador francés que llegó al país hizo en Longchamps una exhibición de vuelo en su máquina de varillas y telas, mi padre y yo asistimos a ese milagro de volar cien metros y a cuarenta de altura; y regresamos de Longchamps con un entusiasmo que nos convirtió en aeromodelistas. Construimos entonces una miniatura de avión, y mi padre se desveló en el problema de darle motores. Le falló un mecanismo de reloj (era excesivamente pesado), e inventó al fin un sistema de gomas de honda retorcida que al desenrollarse nos ofreció un despegue insuficiente pero consolador. Tal vez habría sido yo un buen técnico industrial, si mi madre, que había observado en mí ciertas comezones intelectuales y una muy temprana cuanto furtiva inclinación a las Musas, no me hubiera inscripto en la Escuela Normal de Profesores “Mariano Acosta” y en su Departamento de Aplicación. Al aprobar mi sexto grado, y listo para seguir el Curso Normal di en el inconveniente de que me faltaba un año para tener la edad reglamentaria del ingreso. Pedí entonces una “habilitación de edad” cuyo trámite debí mover personalmente; y me inicié así en el caos de la burocracia, mendigando una licencia para estudiar, con mi sonrisa de niño y mis ojos elocuentes, ante señores Vocales del Consejo que fumaban cigarros enormes y me oían como quien oye llover. Naturalmente, la habilitación me fue denegada. Más tarde conocí el origen político social de aquellos figurones de la oligarquía; y supe que su atención, en el Consejo, estaba eminentemente puesta en los cigarros oficiales o en alguna maestrita heroica que solicitaba su designación. “¡Que Dios les dé por lo que dieron!”, como suele decir Elbiamor en cita de San Pablo.

Frente a un año vacante, me debí enfrentar con el dilema “estudiar o trabajar” que se imponía en la tabla de valores de la época. El estudio me había sido vedado por ahora; luego, yo debía trabajar. Mis padres, enteramente ajenos a mi dilema, ni sospechaban el estado de angustia moral que cubría mis noches de insomnio. Cierta mañana, salí furtivamente a buscar trabajo; y lo hallé muy pronto en una fábrica de cortinas de la calle Lavalleja: mi habilidad manual, adquirida junto a mi padre, me valió como jornalero el importante salario de ochenta centavos por día. Regresé a la casa y le transmití a mi padre la buena nueva. Ni aprobó ni desaprobó, se mantuvo en silencio; no obstante, pude ver que una sonrisa, mezcla de orgullo, ternura y humorismo, se dibujaba entre las dos guías de su bigote galo.

Comencé a trabajar en la fábrica de cortinas, entre muchachones villacrespenses que no llegaban a los dieciocho años. Mis primeras emociones y fatigas me identificaron con el pequeño Jack de Alfonso Daudet que yo había leído en la Biblioteca Popular Alberdi sita en Villa Crespo. Mas, ¡ay!, también había leído Los Miserables de Víctor Hugo, a cuya sombra la degradación económico social de los muchachones que integraban el personal de la fábrica empezó a resultarme insufrible. Y entonces, como era fatal, organicé una huelga en demanda urgente de reivindicaciones. Para mi desgracia, el Director Gerente del establecimiento me sorprendió una tarde cuando arengaba a mis compañeros de sudor en una calle vecina. El Director Gerente decretó in situ mi exoneración: yo tenía catorce años. De regreso en mi casa, confesé mi derrota cívico militar; y en los ojos de mi padre creí ver un fogonazo de barricada parisiense. De cualquier modo, la consigna de trabajar o estudiar volvió a torturarme (siempre tuve una obstinación en la cual reconozco mi ascendencia vasca). Y muy luego me di a cultivar el terreno adjunto a nuestra casa, en una obra de agricultura que me llevó a los éxtasis de la égloga. Tuve mi éxtasis último cuando, llegada la hora de cosechar, mi hermana y yo trenzamos en una riestra las doradas cebollas, fruto de mi sudor virgiliano. Al año siguiente, y con mis quince años de reglamento, ingresé al Curso Normal: me vi allá en una mazorca de muchachos entusiastas (¡Estrella Gutiérrez, Fresquet, Veronelli, Giacobucci!), casi todos los cuales llegaron a ser “alguien” en sus disciplinas. Recuerdo sobre todo a Hugo Calzetti (el mayor de todos nosotros pues ingresó a los veinte años), que luego se hizo marxista militante, se convirtió después al cristianismo, escribió un Antimarx valeroso y murió en el verdor de su edad y sus batallas. Me gustaría hoy depositar en su tumba este ramito de recuerdos. Evocaré también la figura de Gaspar Mortillara, que había nacido, no con un pan, sino con una revolución debajo del brazo: fue guerrillero vocacional y visceral, y murió en Cuba con la bomba puesta; yo visité su tumba en La Habana.

Una desgracia irreparable vino a cortar el hilo de mi felicidad o facilidad juvenil. Estábamos en 1918, y mi padre contrajo la bronconeumonía que tuvo ese año en el país un carácter endémico. Merced a su robusta naturaleza, logró vencer los primeros rigores del mal y habría sobrevivido si una convalecencia prudente hubiera respaldado su curación. Pero en aquellos años no había leyes sociales que asegurasen licencias a los trabajadores enfermos; por lo cual, y ante las instancias del establecimiento donde trabajaba, mi padre volvió a su quehacer, tuvo una recaída y murió veinte horas después en mis brazos y en medio de una fiebre que lo hacía delirar con maquinarias y agitar sus dedos como si apretase tuercas y manejara tornos. Lo lloré largamente, sobre todo por aquellas demiúrgicas manos que habían construido nuestro alegre universo familiar. Y me pregunto ahora si este Alberto Marechal, el trabajador uruguayo, y aquel Leopoldo Marechal, el comunero de París, bendecirían hoy a este otro Leopoldo, el poeta, que se vio excluido de la intelectualidad argentina por seguir un color a su entender indeclinable.

Naturalmente, a los dieciocho años, el deber cívico en la instancia de votar me llevó a elegir honradamente al entonces juvenil Partido Socialista que gobernaban Juan B. Justo, Nicolás Repetto y Alfredo Palacios: era, por otra parte, el movimiento donde militaban mis tíos ferroviarios José y Gregorio Beloqui de cuya lealtad en vida y muerte se nutrió el entusiasmo de mi juventud. Nadie podrá negar ahora ni en el futuro que aquel Partido Socialista, en su brega parlamentaria, logró victorias que merecen el recuerdo y la gratitud de los que conocimos, en tiempo y lugar, el desamparo de los humildes. ¿Recordaré al Foguista Ciego (amigo de mi padre) a quien el calor de las hornallas había producido sinusitis crónica y un flujo nasal continuo que le valió el apodo de “aceitera automática”; y que fue despedido sin gratificación alguna cuando la vejez y el fuego lo hicieron inútil? ¿Recordaré al Aserrador Manco (amigo de mi adolescencia) que perdió un brazo en el aserradero y al cual toda indemnización le fue negada? ¿Y es pura casualidad que al año siguiente (1919), durante la Semana Trágica, cuando iba marchando yo con los trabajadores por la calle Corrientes, vi al Aserrador Manco a mi derecha y al hijo del Foguista Ciego a mi izquierda?

Pese a los afanes de la literatura en que se vio envuelta mi vida, seguí votando reiteradamente por el P. S. que sin duda estaba envejeciendo. Por aquel entonces el radicalismo, a la sombra de don Hipólito Yrigoyen, se constituía en otro polo atrayente de las masas. Es evidente que Yrigoyen era un conductor nato de los que suscitan casi mágicamente la fe y la esperanza de la multitud. Los pueblos, en su concreta “substancialidad”, han encarnado siempre y encarnarán en un hombre al Poder (en “abstracto”) que ha de redimirlos, ya sea monarca, presidente o líder. Si bien se mira; todas las gestas de la Historia se han resuelto por un caudillo “esencial” que obra con un pueblo “substancial”, así como la forma (en el sentido aristotélico) actúa sobre una materia. De tal modo, la democracia se hace visible y audible en un multitudinario “asentimiento” rico en energías creadoras; y tal “asentimiento” es la vox populi y la vox Dei, origen del Poder que la democracia reconoce en el pueblo “soberano”. Cuando le falta ese asentimiento popular, el gobernante se ahoga en un “vacío” del Poder que no supo ganar o no pudo. Retornando a Yrigoyen, obtuvo sin duda el asentimiento de una gran mayoría; pero fue un asentimiento de cuño sentimental, y como “en potencia” de los actos que debía cumplir el líder y que no se dieron jamás. Desde Francia seguí yo en 1930 el epílogo de aquella historia: el derrumbe de un conductor fantasmal, inmóvil e invisible como un ídolo en su isla de la calle Brasil; y el derrumbe de un régimen que vegetaba merced a un asentimiento popular ya estéril al no recibir ninguna respuesta.

En aquellos días una gran crisis espiritual me llevó al reencuentro del Cristianismo. Dije “reencuentro” en atención a la fe cristiana de mi linaje que yo había olvidado más que perdido. En realidad, se dio en mí una “toma de conciencia” del Evangelio, vívida y fecunda por encima de tantas piedades maquinales. Y naturalmente, en su aplicación al orden económico social (el único que atañe aquí al Poeta Depuesto), se me impuso la doble y complementaria lección crística del amor fraternal, y la condecoración del “rico” en tanto que su pasión acumulativa trastorna el orden y la justicia en la “distribución”, asignado tan admirablemente a la Providencia Divina en el Sermón de la montaña. Por aquellos años, en los Cursos de Cultura Católica y en las reuniones del Convivio que gobernaba con alegres teologías el inolvidable César Pico, fui conociendo a los jóvenes nacionalistas que le orientaban a lo político sus vocaciones. Luego advertí que las luchas internas (y su consecuente división en grupos antagónicos) no les permitiría llegar a la acción: su intelectualismo cerrado los llevó a concretar sólo un parnaso teórico de ideas y soluciones, un acervo de slogans, cuya rigidez no era de buen pronóstico. Se repite aún hoy día esta definición vaga y general: “La política es el arte de lo posible”, sin tener en cuenta que todo, en el universo, es un arte de lo posible. Más exacto es decir que la política es el arte “contingente” de lo posible, y que su mayor virtud consistiría en hacer que una posibilidad abandone su “potencia de ser” y se concrete en un “acto de ser”, lo cual no se logra con rigideces de doctrina insuperables (y esto es válido para todas las teorizaciones políticas). El nacionalismo no salió de su órbita especulativa; y además (yo añadiría “sobre todo”) le faltó el conocimiento de lo popular. “El conocimiento precede al amor”, dice una vieja fórmula. Nadie ama lo que no conoce, y el amor al pueblo se logra cuando se lo conoce. Un pueblo, al saberse conocido y amado, se rinde a las empresas que lo solicitan. Por lo contrario, la ignorancia engendra el temor; y el que no conoce al pueblo lo teme como a una entidad peligrosa en su misterio substancial.

Llegamos así al Justicialismo, esbozado como doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto: la revolución justicialista se nos presenta como una síntesis “en acto” de las viejas aspiraciones nacionales y populares tantas veces frustradas, y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos: la soberanía de nuestra nación, su independencia económica y su justicia social. No es extraño, pues, que el 17 de octubre de 1945 se diera la única revolución verdaderamente “popular” que registra nuestra historia (incluyendo la del 25 de Mayo), y que se diera en una expresión de masas reunidas, no por el sentimiento ni por el resentimiento, sino por una conciencia doctrinaria que les dio unidad y fuerza creativa. Yo estuve con ellos y marché con ellos en aquella madrugada increíble, y doy fe de que supieron lo que hacían y lo que querían. Y sostengo ahora que la gran virtud del justicialismo fue la de convertir una “masa numeral” en un “pueblo esencial”, hecho asombroso que muchos no entienden aún, y cuya intelección será indispensable a los que deseen explicar el justicialismo en sus ulterioridades inmediatas y mediatas; o a los que se pregunten por qué, desde 1955, nuestro país es ingobernable.

La carta de Valle a los fusiladores

Antes de morir, el general Juan José Valle envió al general Aramburu la carta que a continuación citamos:

“Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido. Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos. Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus víctimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones. La palabra "monstruos" brota incontenida de cada argentino a cada paso que da. Conservo toda mi serenidad ante la muerte. Nuestro fracaso material es un gran triunfo moral. Nuestro levantamiento es una expresión más de la indignación incontenible de la inmensa mayoría del pueblo argentino esclavizado. Dirán de nuestro movimiento que era totalitario o comunista y que programábamos matanzas en masa. Mienten. Nuestra proclama radial comenzó por exigir respeto a las instituciones y templos y personas. En las guarniciones tomadas no sacrificamos un solo hombre de ustedes. Y hubiéramos procedido con todo rigor contra quien atentara contra la vida de Rojas, de Bengoa, de quien fuera. Porque no tenemos alma de verdugos. Sólo buscábamos la justicia y la libertad del 95% de los argentinos, amordazados, sin prensa, sin partido político, sin garantías constitucionales, sin derecho obrero, sin nada. No defendemos la causa de ningún hombre ni de ningún partido. Es asombroso que ustedes, los más beneficiados por el régimen depuesto, y sus más fervorosos aduladores, hagan gala ahora de una crueldad como no hay memoria. Nosotros defendemos al pueblo, al que ustedes le están imponiendo el libertinaje de una minoría oligárquica, en pugna con la verdadera libertad de la mayoría, y un liberalismo rancio y laico en contra de las tradiciones de nuestro país. Todo el mundo sabe que la crueldad en los castigos la dicta el odio, sólo el odio de clases o el miedo. Como tienen ustedes los días contados, para librarse del propio terror, siembran terror. Pero inútilmente. Por este método sólo han logrado hacerse aborrecer aquí y en el extranjero. Pero no taparán con mentiras la dramática realidad argentina por más que tengan toda la prensa del país alineada al servicio de ustedes. Como cristiano me presento ante Dios, que murió ajusticiado, perdonando a mis asesinos, y como argentino, derramo mi sangre por la causa del pueblo humilde, por la justicia y la libertad de todos no sólo de minorías privilegiadas. Espero que el pueblo conozca un día esta carta y la proclama revolucionaria en las que quedan nuestros ideales en forma intergiversable. Así nadie podrá ser embaucado por el cúmulo de mentiras contradictorias y ridículas con que el gobierno trata de cohonestar esta ola de matanzas y lavarse las manos sucias en sangre. Ruego a Dios que mi sangre sirva para unir a los argentinos. Viva la patria.” Juan José Valle. Buenos Aires, 12 de junio de 1956.

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